¿Puede la infraestructura convertirse en espacio público? La segunda vida de la infraestructura 28-07-26 Ciudades y futuros urbanos Artículos cultura impacto social espacios públicos social impact innovacion contrucción technology innovation culture public spaces landscaping construction Jenchieh Hung Kulthida Songkittipakdee Twitter Facebook LinkedIn Pinterest Email Las ciudades siempre se han definido por su infraestructura. Los acueductos hicieron posible Roma. Los canales dieron forma a Venecia. El ferrocarril transformó Londres. Las autopistas aceleraron el crecimiento de las metrópolis modernas. Durante mucho tiempo, la infraestructura se ha entendido como el armazón físico que permite que la vida urbana funcione. Transporta agua, energía, mercancías, información y personas. Es la arquitectura de la civilización centrada en el ser humano. Sin embargo, hoy muchas ciudades se enfrentan a una paradoja. Mientras las redes de infraestructura siguen creciendo, el espacio público no lo hace. La urbanización acelerada, el encarecimiento del suelo y las presiones ambientales han dejado a muchas ciudades con menos oportunidades para la reunión colectiva, la interacción cívica y el encuentro significativo con la naturaleza. El espacio público suele tratarse como un lujo, mientras que la infraestructura se considera una necesidad. Uno recibe atención cultural; la otra se percibe sobre todo como un asunto de ingeniería. Pero ¿y si esa distinción ya no tuviera sentido? ¿Y si la propia infraestructura pudiera convertirse en espacio público? Esta pregunta resulta especialmente pertinente en Tailandia y en el conjunto de Asia, donde la alta densidad urbana, el cambio climático y la escasez de suelo exigen nuevas formas de pensar la ciudad. En muchas urbes, los territorios públicos más extensos y continuos ya no son los parques ni las plazas. Son los puentes, los corredores de transporte, los sistemas de control de inundaciones, los frentes de agua, las redes de servicios y los espacios residuales que genera la infraestructura. En lugar de construir más arquitectura dentro de la ciudad, quizá deberíamos empezar por reimaginar la ciudad que ya existe. Cuando la infraestructura se convierte en algo más que infraestructura, puede servir de transporte e incluso de espacio para la participación pública. Foto © Jenchieh Hung + Kulthida Songkittipakdee / HAS design and research En el estudio de arquitectura tailandés Jenchieh Hung + Kulthida Songkittipakdee / HAS design and research entendemos la infraestructura no como un objeto acabado, sino como un recurso latente. La infraestructura posee una segunda vida más allá de su función técnica. Contiene un potencial espacial, ambiental y social que a menudo permanece invisible. El reto no es sustituir la infraestructura, sino revelar las posibilidades que ya están inscritas en ella. Esta perspectiva nace de la propia Bangkok. Históricamente, Bangkok se desarrolló a través del agua. La ciudad se organizaba en torno a canales que funcionaban al mismo tiempo como redes de transporte, corredores comerciales, sistemas ecológicos y espacios públicos. La infraestructura hídrica nunca estuvo separada de la vida cotidiana. El canal era a la vez mercado y espacio público, sistema de movilidad e infraestructura social. Una infraestructura flexible, estandarizada y multifuncional puede crear espacios más significativos para las personas y para la sociedad. Imagen © Jenchieh Hung + Kulthida Songkittipakdee / HAS design and research Un estudio urbano especialmente revelador en el área metropolitana de Bangkok es el proyecto de investigación Big C Boat Bridge, documentado por los arquitectos, profesores Jenchieh Hung y Kulthida Songkittipakdee. El proyecto transformó dos barcas de remo de madera modificadas en una infraestructura híbrida que funciona a la vez como embarcación y como puente, conectando una comunidad ribereña del canal con el supermercado Big C cercano. La investigación plantea una pregunta sencilla pero fundamental: ¿Puede la infraestructura ser algo más que infraestructura? El proyecto es más que un dispositivo de transporte y más que un puente. Demuestra cómo la infraestructura puede integrarse plenamente en la vida cotidiana respondiendo a las condiciones ambientales locales y generando, al mismo tiempo, encuentros públicos significativos. Destaca por su uso innovador de materiales de origen local, por su capacidad de adaptación a las comunidades de los canales y por su contribución al refuerzo de la interacción social. En Bangkok, y en toda Tailandia, donde los ritmos de la vida diaria siguen fluyendo por las vías de agua, ilustra cómo la infraestructura puede convertirse en un espacio público con sentido sin renunciar al espíritu de la vida sobre el agua. Al transformar la infraestructura en espacio de participación pública, este proyecto reimagina cómo los millones de postes de servicios repartidos por Tailandia pueden convertirse en catalizadores de la interacción social y de la vida urbana. Foto © DOF Sky|Ground Un enfoque similar guio otro proyecto de los arquitectos, profesores Jenchieh Hung y Kulthida Songkittipakdee: High Line Bangkok. El proyecto surgió de una pregunta sencilla: ¿Puede la infraestructura urbana existente crear espacio público con sentido? Más concretamente, ¿podrían los millones de postes de servicios de Tailandia formar parte de la vida pública cotidiana en lugar de limitarse a saturar visualmente la ciudad? El diseño de High Line Bangkok emplea los postes de servicios existentes como estructura principal e introduce una intervención ligera, compuesta por elementos de tejido tailandés reciclable, que transforma tanto las condiciones ambientales como la percepción pública. Sombra, ventilación, confort térmico, identidad visual, oportunidades de interacción social y amplios espacios de reunión se generan con una intervención material mínima. El proyecto demuestra que transformar la infraestructura en espacio público con sentido no exige necesariamente presupuestos desmesurados ni grandes obras nuevas. A veces, la arquitectura más sostenible no consiste en construir algo nuevo, sino en revelar nuevas posibilidades en aquello que ya existe. Esta transformación de la infraestructura refleja un cambio más amplio en el pensamiento arquitectónico. Durante décadas, arquitectura e infraestructura se han tratado en buena medida como disciplinas separadas. Sin embargo, las realidades ambientales del siglo XXI sugieren que el futuro del espacio público dependerá menos de producir formas nuevas y más de transformar la infraestructura que ya existe en nuestras ciudades. El proyecto no solo transforma la infraestructura en espacio público, sino que también hace la ciudad más cálida, acogedora y estimulante para la vida cotidiana. Foto © Jenchieh Hung + Kulthida Songkittipakdee / HAS design and research Este cambio resulta especialmente importante en un momento en que las ciudades asiáticas afrontan una densidad urbana creciente, el cambio climático y la falta de espacios públicos de reunión. El diseño del futuro debe ser adaptable, resiliente y multifuncional. Debe responder a los retos ambientales, reducir el impacto ecológico, favorecer la biodiversidad, fomentar la interacción social y fortalecer la vida cívica. La infraestructura ya no debería entenderse como un mero sistema técnico al servicio de la ciudad; debería convertirse en un participante activo de la vida urbana. En última instancia, la pregunta no es si la infraestructura puede convertirse en espacio público. La pregunta es si arquitectos, planificadores y ciudadanos están preparados para reconocer el potencial público que la infraestructura siempre ha contenido. Si empezamos a ver la infraestructura no solo como ingeniería, sino también como arquitectura, paisaje y espacio cívico, su segunda vida podría convertirse en una de las mayores oportunidades urbanas del siglo XXI. Imagen principal: La infraestructura puede reimaginarse como espacio público y convertirse en un lugar de sombra, encuentro e interacción social que redefine el comportamiento humano. Foto © DOF Sky|Ground